Hay músicos que tocan un instrumento y hay otros que se vuelven su instrumento. Arturo Sandoval pertenece a la segunda estirpe: la del niño de Artemisa, un pueblo del interior de Cuba, que a los 13 años se obsesionó con la trompeta y terminó convertido en una institución de la música iberoamericana. Diez premios Grammy, seis Billboard, un Emmy, la Medalla Presidencial de la Libertad que le entregó Barack Obama en 2013 y una película de HBO sobre su vida, con Andy García en su papel, resumen apenas la superficie de una biografía que pasa por la fundación de Irakere junto a Chucho Valdés y Paquito D’Rivera, por la amistad con Dizzy Gillespie y por más de 40 álbumes.

Este 2026 lo encontró, además, en un territorio que pocos jazzistas pisan: el escenario principal de Coachella, invitado por Karol G. Y lo trae de vuelta a la Ciudad de México los días 23 y 24 de octubre, cuando presentará Sangú en el Lunario del Auditorio Nacional. En conversación con Cosas, el maestro habla de fe, de familia, de la deuda de Cuba con México y de la única receta que conoce contra el paso del tiempo.
Un disco hecho en casa
Sangú nació del encierro. Durante la pandemia, Sandoval escribió música como quien lleva un diario: «Escribía de dos a tres canciones diarias por el espacio de dos años y medio». De esos varios cientos de piezas, que fue compartiendo en sus redes sociales, su hijo y su nuera, quien además es su mánager, hicieron una primera selección y le pidieron quedarse con doce. Ninguno de los dos es músico, y aun así fueron ellos quienes condujeron la grabación.

«Fue una sorpresa para todos nosotros, no solamente para mí, sino también para mi grupo: tenían una idea muy clara del concepto del disco que querían producir», reconoce. El resultado salió a la venta el 1 de mayo y, cuenta el propio trompetista, se mantuvo cinco semanas en el primer lugar de las estaciones de jazz de Estados Unidos. «Ver a mi hijo y a mi nuera involucrados y haciendo un trabajo tan profesional sin ser músicos ha sido una experiencia única, que aprecio profundamente».
¿Y lo que quedó fuera? «Me gustaron todas; son cosas que uno crea con pasión, con amor a lo que hace. Fue difícil escoger solamente doce, pero pienso que voy a tener otra oportunidad para grabar las canciones que quedaron fuera».

San Lázaro, a la medianoche
El álbum honra la percusión afrocubana y la tradición de raíz yoruba, y en ningún tema se nota tanto como en Babalú Ayé, donde Sandoval también canta. Es, de las doce, su favorita. «Ese es el nombre en la religión yoruba afrocubana, pero es San Lázaro», explica. «He sido siempre muy devoto de San Lázaro, igual que toda mi familia. Haber escrito esa canción, la música y también la letra, dedicada a mi santo favorito, la convierte en mi predilecta del álbum».
La devoción tiene ritual propio. Cada 16 de diciembre, en su casa, la familia y un grupo de amigos esperan la medianoche frente a una imagen de madera tallada en España. «Le encendemos velas, le ponemos flores, le dedicamos oraciones. No es una fiesta, no hay música alta ni mucha risa; es una cosa estrictamente de devoción y de cariño a ese santo que ha ayudado a tantos enfermos por tantos cientos de años».

La lección de Dizzy
Para el público, Sandoval es hoy lo que Dizzy Gillespie fue para él. El cubano rechaza la comparación con elegancia: «Ojalá yo pudiera ser para otros jóvenes el mismo ejemplo que él fue para mí, pero hay que salvar la distancia. Él era un innovador, creó el bebop, posiblemente el estilo más intrincado y más difícil de dominar dentro de la música».
De aquel ídolo que se volvió padrino y benefactor, y con quien tocó hasta su muerte, conserva una enseñanza por encima de cualquier consejo técnico: «Lo principal que aprendí de él es su pasión, su amor por la música, esa avidez de encontrar nuevas tendencias, nuevas progresiones armónicas. Estar enamorado de la música es estar enamorado de la vida».

A las nuevas generaciones les pide lo mismo, con una advertencia que no admite matices: pasión, rigor, disciplina de estudio diario y oídos abiertos a todo lo nuevo.
«El día que uno piense que se lo sabe todo, ese día te has convertido en un perfecto imbécil»
De los clubes a Coachella
Esa apertura explica una carrera en la que caben Stevie Wonder, Plácido Domingo, Celia Cruz, Pharrell Williams y Ariana Grande, y explica también su aparición de este año en el festival más mediático del planeta. «No existen muchos casos de latinos en ese festival, que se considera uno de los más importantes a nivel global. Tocamos dos domingos consecutivos y cada día el público se conformaba de 150,000 espectadores; o sea, tuve la oportunidad de tocar para 300,000 personas», relata.
La invitación llegó porque antes había grabado con Karol G una de las canciones del álbum más reciente de la colombiana. «Nunca he dicho que no. He participado en grabaciones de muchos artistas de varios géneros y para mí siempre ha sido una experiencia muy linda poder colaborar».

México, la otra patria de la música cubana
Cuando se le pregunta por México, Sandoval no empieza por sí mismo, sino por un trompetista mexicano al que nunca conoció en persona: Rafael Méndez. «Un trompetista extraordinario, un ídolo de todos nosotros; todos los trompetistas del mundo lo tienen como un referente». Y cuenta, divertido, la historia que lo fascina: la noche en que las tropas de Pancho Villa acamparon en el pueblo de los Méndez, la banda familiar tocó para ellas y, a la mañana siguiente, el general agradeció el concierto y anunció que el niño de la trompeta se iba con él a caballo. Décadas después, Sandoval organizó en Los Ángeles un homenaje a Méndez al que asistieron sus hijos gemelos, ambos médicos de renombre.
Del mariachi admira a sus trompetistas —«he aprendido mucho de su forma de expresión, de cómo controlan el sonido, de la emoción que emana de sus interpretaciones»— y de la historia compartida recuerda dos nombres. Uno es Dámaso Pérez Prado, que según él no encontró en Cuba la aceptación que merecía y desde México «puso al mundo entero a escuchar y a bailar mambo». El otro, Benny Moré, que llegó con el Trío Matamoros, se quedó un tiempo y cantó con la orquesta de Pérez Prado. «Nosotros los cubanos apreciamos muchísimo eso», subraya.

Veinte años arriba del escenario
En el Lunario, un foro íntimo que le sienta bien al jazz, sonará el repertorio de siempre y buena parte de Sangú. No tiene invitados previstos —«me hubiese gustado, pero no sé quién pudiera estar disponible»—, aunque el espectáculo guarda su propia sorpresa: un Sandoval que, además de la trompeta y el fliscorno, se sienta al piano, toca los timbales y canta. Después de las dos noches capitalinas, la banda viajará a Tampico para cerrar una visita de tres conciertos.

Nacido el 6 de noviembre de 1949, está a días de cumplir 77 años y sostiene una agenda que este año lo ha llevado por Tokio, Seúl y Nueva York. No hace planes a largo plazo: el futuro, dice, «está absolutamente en las manos de Dios», y su idea ha sido siempre concentrarse en las 24 horas que están ocurriendo. Lo demás lo pone el oficio.
«La música es la que me da esa energía. Yo me confundo a veces y, cuando me subo al escenario, me creo que tengo 20 años. La gente de la banda y el público dirán: “este viejo está loco”», se ríe. Y vuelve, una vez más, a la frase que repite como un credo: «A la música le agradezco todo, porque la música me ha salvado la vida».
