Galería Arróniz, veinte años de ecos en la Roma

Desde una casona de 1919 que fue hogar de Kati Horna, Gustavo G. Arróniz celebra dos décadas de una galería que apostó por artistas de su generación cuando nadie los conocía. Hoy esos nombres están en el MoMA, y él ya prepara su siguiente apuesta: hacer del sonido una obra de arte coleccionable

En el número 198 de la calle Tabasco, en la colonia Roma, hay una casa que ha visto pasar un siglo de historia mexicana. Fue construida en 1919, el último año de la Revolución, y décadas después se convirtió en el hogar de Kati Horna, la fotógrafa húngara que llegó a México en 1939 y que se volvió una figura esencial del surrealismo en el país. Hoy sus muros albergan a Galería Arróniz, que este año cumple 20 años y los celebra con una exposición que convierte cada rincón de la casona en un diálogo entre generaciones.

Para Gustavo G. Arróniz, quien fundó la galería en 2006 junto con Leticia Arróniz, el aniversario tiene algo de fiesta y mucho de gratitud. “Ha sido, antes que nada, un privilegio poder desarrollar mi vocación, mi pasión, y además hacerla un negocio”, cuenta en entrevista con Cosas.

“En un país con tanta historia y riqueza cultural, el arte contemporáneo sigue siendo un reto. Las galerías tenemos que estar constantemente educando a un público y convenciéndolo de que se acerque”

Una vocación que empezó en casa

La historia de Arróniz empieza mucho antes de 2006. Gustavo creció viendo a su madre dedicarse a la promoción del arte, y ese entorno lo llevó a decidir su camino desde muy joven. Comenzó a trabajar en el medio antes de terminar la universidad, y abrió la galería en cuanto tuvo la oportunidad económica de hacerlo.

Lo hizo, confiesa, más por emoción que por cálculo. “Abrí la galería sin tener una conciencia completa de lo que significaba. Siempre hago la broma de que si la abriera hoy, sabiendo todo lo que implica, no la abriría”, dice entre risas. “Estás en el ojo público todo el tiempo y el reto comercial es gigante. Pero lo hemos logrado”.

Crecer junto a los artistas

La apuesta fundacional de Arróniz fue tan sencilla como arriesgada: trabajar con artistas de su propia generación que, como él, estaban empezando desde cero. El primero fue Omar Barquet, quien le presentó a tres compañeros de La Esmeralda con los que formaba el colectivo Segundo Piso: Moris, José Luis Landet y Agustín González. Veinte años después, los cuatro siguen trabajando con la galería.

Esa lealtad es, para su fundador, la razón por la que Arróniz sigue en pie. “Siempre hemos visto la relación con nuestros artistas a largo plazo, creciendo con ellos a la par. A veces, como galería comercial, eso significa ignorar ciertas tendencias o modas del mercado, porque confiamos 100% en la capacidad de nuestros artistas”, explica.

“No hemos sido la galería hot o cool, pero sí una galería constante, seria, honesta y comprometida 100% con sus artistas”

Los resultados hablan por sí mismos. Moris está representado por galerías en Nueva York, Roma y Madrid, con obra en el MoMA y el Museo Jumex; Rodrigo Valenzuela, profesor en UCLA, tiene piezas en el Whitney y LACMA; y Nicola López forma parte de las colecciones del MoMA, el Guggenheim y el Metropolitan Museum. Según Arróniz, todos los artistas que representa cuentan hoy con al menos una galería más en otro país, lo que le da acceso a un mercado verdaderamente global.

Pioneros de las redes internacionales

Esa proyección no es casualidad. Desde principios de la década de 2010, Arróniz fue una de las galerías mexicanas que empezaron a tejer redes de intercambio con espacios de América Latina, Estados Unidos y Europa, una práctica que hoy se ha formalizado en diversas iniciativas internacionales.

La más ambiciosa es No Place, una plataforma nómada que Arróniz fundó en 2017 junto con Nueveochenta de Bogotá, NF/Nieves Fernández de Madrid y la galería Michael Sturm de Alemania. En lugar de esperar a las ferias, el proyecto lleva exposiciones a ciudades y edificios fuera del circuito tradicional, y ha pasado por Lima, Berlín, Guadalajara, París y Viena. “Pretende romper con las ideas tradicionales de los espacios donde se muestra arte dentro del mercado”, resume Gustavo.

Habitar la abstracción

El corazón de la celebración es Habitar la Abstracción, una exposición colectiva que reúne a los 20 artistas que han marcado la historia de la galería. Para curarla, Arróniz convocó a Cecilia Fajardo-Hill, una de las historiadoras del arte latinoamericano más reconocidas del mundo. Fue cocuradora de Mujeres radicales: arte latinoamericano, 1960-1985, la exposición que recorrió el Hammer Museum, el Brooklyn Museum y la Pinacoteca de São Paulo, y editó Remains – Tomorrow, un libro de referencia sobre la abstracción contemporánea en América Latina.

La elección no fue fortuita. Desde sus inicios, Arróniz ha investigado una línea muy clara: abstracción, espacio y arquitectura. “Es una de mis obsesiones. Si no me dedicara al arte, tal vez me dedicaría a la arquitectura o al diseño industrial”, admite su fundador. La muestra se organiza en tres ejes, Habitar el interior, Ruina-Paisaje y Adentro y afuera, y se extiende al exterior de la casona con intervenciones de Moris y Ricardo Rendón.

“Estamos demasiado acostumbrados al cubo blanco donde miras todo por separado. Aquí hay resonancia: un artista contamina a otro”. — Cecilia Fajardo-Hill

El sonido como la nueva frontera

Si la abstracción es la columna vertebral de Arróniz, el sonido es su pasión más reciente. Gustavo ha estado obsesionado con la música desde niño, y hace unos cuatro o cinco años decidió llevar ese interés a la galería, algo poco común en un espacio comercial. El detonante fue una exposición dedicada a Michael Brewster, pionero del arte sonoro y amigo cercano de James Turrell: si Turrell esculpió con la luz, Brewster lo hizo con el sonido.

“La hice por capricho, un poco a ver qué pasaba. Tuvimos una súper respuesta del público. Comercialmente fue difícil, pero me abrió ese interés”, recuerda. Desde entonces, la galería ha presentado más proyectos sonoros, y la exposición actual incluye tres piezas de este tipo, además de una serie de activaciones y performances.

Todo apunta a lo que viene: a finales de año, como parte del programa de aniversario, Arróniz lanzará una nueva plataforma dedicada al arte sonoro, que funcionará de manera independiente. Gustavo guarda los detalles, pero adelanta la intención: acercar la experiencia de la escucha a públicos que quizá no están familiarizados con el arte contemporáneo. “Si piensas en espacio, el sonido está ahí siempre. Es una consecuencia lógica”.

Más allá del cubo blanco

La tecnología, la comunicación digital y la pandemia cambiaron la forma de acercarse al arte, y Arróniz no es ajeno a esa conversación. Aun así, su fundador defiende el valor de la experiencia presencial. “Sigo creyendo que estar frente a una obra es lo más importante, más allá de la mejor calidad de una foto o un video. Pero también hay que dinamizar lo que tradicionalmente se concibe como el espacio de una galería”.

A veinte años de distancia, Gustavo se permite algo que pocas veces se concede: reconocerse. “Es una oportunidad para decirte: felicidades, lo has hecho bien, y hacia adelante”. Lo que más le importa ahora es mantener la flama del primer día, en un negocio que, como él mismo dice, en teoría no lo es. “Llegamos aquí, pero con mucho más por dar”.

**Por Aramis Flores, editor en jefe de Revista Cosas México | IG @nevermindmexico | aramis.flores@gmail.com

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