El sonido del alma mexicana

Antonio Juan-Marcos es el compositor mexicano conquistó dos Medallas de Plata en los Global Music Awards con una obra orquestal inspirada en Juan Rulfo. Del Conservatorio de París a la Sala Nezahualcóyotl, el retrato de una mente que convierte la literatura en música

Todo empieza y termina con el canto de las ranas. En “Macario”, el breve y luminoso relato de Juan Rulfo, el mundo llega en forma de sonidos: los grillos que cruzan la noche, la chirimía que pasa a lo lejos, el tambor imaginario que retumba dentro de la cabeza del protagonista y contra el que se da de golpes para escucharlo mejor. Durante décadas, más de un compositor mexicano se ha hecho la misma pregunta secreta: ¿a qué suena Rulfo? Antonio Juan-Marcos no solo la respondió; su respuesta acaba de dar la vuelta al mundo.

El 22 de julio de 2026, el jurado de los Global Music Awards, competencia internacional con sede en La Jolla, California, considerada uno de los sellos de aprobación más codiciados de la industria, anunció que “Canto de Macario” obtenía dos Medallas de Plata, en las categorías de partitura original y concepto. Una obra orquestal profundamente mexicana, nacida de un cuento de apenas unas páginas, reconocida ante una comunidad global de más de veinte mil músicos, sellos y medios. En la misma edición, curiosamente, otro mexicano subió al podio en las antípodas del espectro: Peso Pluma, premiado por un video musical. Dos rostros de un mismo país, sonando al mismo tiempo.

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De la página a la partitura

“Canto de Macario” fue comisionada por la Orquesta Sinfónica de Minería y abrió su temporada de verano 2024 bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto; su estreno mundial ocurrió el 6 de julio de ese año en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario de la UNAM. La idea germinó en una conversación: Prieto quería crear algo nuevo junto al compositor y, al conocer su fascinación por la literatura, propuso partir de un cuento. Juan-Marcos entendió el reconocimiento como un logro colectivo. “Fue la oportunidad de reconocer un trabajo en equipo, al maestro Carlos Miguel Prieto y a la Sinfónica de Minería”, comentó en entrevista para Cosas.

La partitura se construye sobre lo que el compositor llama una «doble escucha». Por un lado, los referentes explícitos que Rulfo siembra en el texto —las ranas, los insectos, la chirimía, el tambor imaginario—, cada uno con su identidad sonora. Por otro, aquello que no se ve pero se siente: el paisaje emocional del personaje, su inocencia, su amor por Felipa, sus miedos. “Macario es un cuento no narrativo, una invitación directa a la vida interior del personaje”, explica. Sobre esa base, la obra entreteje elementos del folclor mexicano —la música de chirimía, una referencia transformada de la canción revolucionaria “El Barzón”— con un lenguaje orquestal contemporáneo y personal.

¿A qué suena Juan Rulfo?

Reinterpretar a un consagrado exige, antes que técnica, una valentía particular: la de atreverse. “El peso de la importancia artística de la literatura de Rulfo es tan grande que uno no podría musicalizarla si piensa en cómo sonaría desde los oídos de Rulfo”, reflexiona Juan-Marcos. “Uno tiene que darse la libertad de decir: es mi interpretación como lector, y desde ahí voy a componer”. Esa libertad es también una tesis sobre la identidad. Para el compositor, el arte no es un adorno del país, sino uno de sus cimientos.

“La expresión artística define el rostro de un país. Y lo local, cuando es verdadero, también es profundamente universal”.

Es una convicción que atraviesa toda su obra: aquello que Rulfo reveló como intensamente mexicano —el olfato, la memoria, el sonido de un pueblo— es justo lo que le permite trascender fronteras. Los premios, dice, sirven para volver a encender los reflectores sobre ese acervo. “En un mundo que va tan rápido, volvamos a poner la atención en esta literatura y en el arte inspirado en ella”.

Una obsesión de toda la vida

“Canto de Macario” no fue un encuentro casual, sino la culminación de un cortejo de años. Siendo estudiante en el Conservatorio de París, Juan-Marcos ya había escrito una pieza para bombo y electrónica que buscaba recrear el tambor obsesivo dentro de la cabeza del personaje; más tarde compuso un monodrama para contratenor y ensamble, “Tum”, musicalizando palabras y frases del propio cuento. Esas exploraciones lo empaparon del universo sonoro implícito en Rulfo. Por eso considera esta obra especial dentro de su catálogo: a diferencia de trabajos anteriores, que solían expandirse a partir de un único elemento semilla, esta se levanta sobre una pluralidad de materiales que nunca antes había reunido de manera consciente.

Del Sena a Berkeley

Nacido en la Ciudad de México, Juan-Marcos es egresado del Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París, donde se graduó con «Arder Aprender», primera de una serie de obras inspiradas en Octavio Paz. Se formó en el Cursus del IRCAM y obtuvo su doctorado en composición en la Universidad de California, Berkeley, donde además impartió teoría, armonía y formación musical. The Dallas Morning News describió su música como un «impresionismo mexicano moderno», una etiqueta que le sienta bien a un catálogo de raíces literarias —Paz, Rulfo, Sor Juana Inés de la Cruz— interpretado por agrupaciones como la Fort Worth Symphony Orchestra, la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México y los ensambles franceses ALMAVIVA y L’Instant Donné, y grabado por sellos como Evidence Classics / Harmonia Mundi.

Su ópera “La Sed de los Cometas”, con libreto de Mónica Lavín, inauguró la primera edición del Festival CulturaUNAM. Ha escrito también para el cine —su banda sonora para el cortometraje «Muda» recibió una mención honorífica en los World Class Film Awards 2024— y ha sido distinguido con el American Prize en composición orquestal, el Eisner Award for the Highest Achievement in the Creative Arts y, en dos ocasiones, el Nicola de Lorenzo Award, estos últimos otorgados por Berkeley. No es su primer encuentro con los Global Music Awards: en 2016, «Nocturno Eléctrico», para orquesta sinfónica y guitarra eléctrica, se llevó cuatro Medallas de Oro y la distinción del jurado a lo mejor de los galardonados.

Lo que viene

El compositor no se detiene. Prepara nuevas piezas orquestales —de nuevo inspiradas en la literatura en español—, ultima la mezcla de grabaciones próximas a salir y se ha propuesto una misión íntima: traer a México obras suyas que se han estrenado en Francia o Estados Unidos y que aún no han sonado en casa, en particular su música de cámara. Para «Canto de Macario» sueña con una grabación profesional que derive en un disco; mientras tanto, cuida el registro de archivo del estreno y busca hacerlo accesible al público. Quien quiera escucharla hoy puede encontrar los conciertos de Minería en el acervo de TVUNAM, un registro cuidado y en video.

Detrás de todo late una defensa apasionada de la música de concierto. “Cada vez que escuchamos un concierto sinfónico, escuchamos el entrenamiento de una vida entera”, dice, reivindicando el valor de la música instrumental: sin texto que la explique, va directa al cuerpo, pura vibración y sensación. En un país que aún redescubre su propia banda sonora, Antonio Juan-Marcos escribe, insiste, para que el alma literaria de México vuelva a sonar. Y, por lo pronto, el mundo ya lo escuchó.

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