Hay lugares que logran lo improbable: hacernos sentir lejos de la ciudad sin obligarnos a salir de ella. Salazar es uno de ellos. Encaramado en las alturas de Paseo de la Reforma, este gran restaurante de madera ofrece cocina mexicana cocinada, en su mayoría, con lumbre y humo de leña, e invita a esas sobremesas largas que convierten una comida en una reunión entre amigos.

El lugar
Salazar ocupa el octavo piso del emblemático número 333 de Paseo de la Reforma, en la colonia Cuauhtémoc, justo frente al Ángel de la Independencia. Detrás del proyecto está su premisa lo resume todo: un espacio pensado para “sacarnos de la ciudad, sin salir de ella”, de lujo discreto y curaduría detallada pero relajada.

La arquitectura
La arquitectura, firmada por Alfonso López-Velarde, propone un espacio ininterrumpido sostenido por una gran estructura de madera que parece desafiar a la ciudad de vidrio y concreto para, en realidad, celebrarla y volverla parte de la experiencia. El diseño homenajea la simplicidad y la depuración de lo no esencial. A esa columna vertebral se suman el interiorismo de Habitación 116, la iluminación de Sombra, el sonido de Margules y el paisajismo de Jonathan Vizcarra y Pamela Ruiz. El resultado es un ambiente elegante y acogedor que no esconde su calidad, pero tampoco presume ni impone.

La vista
Desde el octavo piso, los ventanales enmarcan una de las postales más icónicas de la capital: el Ángel de la Independencia y el pulso constante de Reforma. Es una dicotomía deliberada —la calidez hogareña del campo frente al dinamismo de la Ciudad de México—: sentirse entre madera y vegetación mientras se está sobre la avenida más importante del país, con sus monumentos más emblemáticos como testigo. Conviene reservar cerca del atardecer, cuando la luz se cuela entre las vigas.

La cocina
La sazón corre a cargo del chef Ricardo Galván, originario de Xalapa, Veracruz, formado en cocinas como Máximo Bistrot, Em y Loup Bar, con paso por Riviera Maya, California y Bahamas. Define su estilo como “sin estilo”: dejar que cada plato hable por sí mismo, con producto de calidad, técnica precisa y gran sabor. Para la carta actual se inspiró en la riqueza y diversidad del Golfo de México —costa, sierra y llanura; el mestizaje entre Europa, Asia y lo local—, con el fuego, la madera y el carbón como constantes.

Recomendaciones
Los platos que, según el propio chef, mejor describen a Salazar son los cuellos de totoaba al ajillo, el flat iron en demi-glace de chipotle meco y el arroz con variedades de frijoles criollos (en carta como Arroz criollo).

Para abrir, la tostada de atún con aderezo de yuzu y wakame o los elotitos asados con jocoque y salsa XO marcan el tono entre lo mexicano y lo asiático. Los amantes del mar no deben perderse el ostión Kumiai de Ensenada ni la almeja reina acevichada; como guiño de temporada, los romeritos y pipián verde, o con camarón.

En principales, el fuego es el protagonista: el rib eye nacional de Haragi de 400 gr para compartir, el chamorro braseado en adobo o la pesca del día a la veracruzana, homenaje directo a la tierra del chef. Para una versión más relajada del lujo, la hamburguesa Wagyu de Haragi.

De dulce, el Choconube —cremoso de chocolate, helado de vainilla y malvavisco flameado o el tres leches de coco con cajeta de miso cierran la sobremesa en alto.

En pocas palabras
Con fuego, madera y carbón como hilo conductor, Salazar propone una pausa dentro de la energía de una capital siempre en movimiento: un pedazo de campo suspendido sobre Reforma, donde la casualidad convierte lo cotidiano en memorable.

Datos útiles: Paseo de la Reforma 333, piso 8, Cuauhtémoc, 06500, CDMX. Instagram @salazar.rest.
