Por Sami Ramírez
Hay un tema de conversación palpable en los pasillos de las empresas, en los chats privados, de camino a casa después del trabajo. Se habla de lo agotados que estamos, de la frustración en el trabajo, de que algo no está bien pero no sabemos cómo decirlo. No es una moda, es algo más profundo. Una incomodidad normalizada.
En el mundo corporativo las emociones no entran, se quedan en la puerta. Ser profesional es sinónimo de ser racional, distante y de suprimir las emociones. No de gestionarlas, navegarlas o controlarlas, de suprimirlas. Millones de personas aprendimos a actuar para poder entrar al juego. Llegar cada mañana, ponernos la máscara y funcionar en piloto automático, cuidando lo que decimos para no incomodar o ser percibidos como difíciles, para no perder el trabajo que necesitamos y queremos.
El costo invisible que hoy tiene número
El problema es que las emociones no desaparecen porque las ignoremos. Se acumulan. Y ese costo, que durante años fue invisible en los balances financieros, hoy tiene número.
El estudio de Gallup 2026, basado en 141 mil 444 empleados en más de 140 países, reportó que solamente el 20% de los empleados en el mundo están realmente conectados con su trabajo. Es el nivel más bajo desde 2020 y prácticamente el mismo que Gallup registró cuando empezó a medir el engagement global en 2009. Quince años de progreso, borrados en tres.
La tensión empieza en el líder
Los líderes de alto nivel reportaron un engagement más alto, pero emocionalmente tienen más estrés (+7 puntos), más enojo (+12), más tristeza (+11) y más soledad (+10) que sus colaboradores en el día a día. Ser líder puede dar voz, influencia y estatus, pero también implica mayor tensión emocional. Y esa tensión que vive el líder se traspasa al equipo.
El jefe pesa más que el terapeuta
Según WorkForce Institute de UKG (2023), los jefes tienen más influencia en la salud mental de un empleado que un terapeuta, un médico o su propia pareja. El 60% de los encuestados dijo que el trabajo es el factor que más impacta su salud mental. No la familia. No la economía. El trabajo.
10 billones de dólares en la cuenta
¿Cuánto les cuesta todo esto a las empresas? Según Gallup, la baja en engagement le costó a la economía mundial aproximadamente 10 billones de dólares en productividad perdida en 2025, equivalente al 9% del PIB global.
Las mismas emociones de las que preferimos no hablar son las que ahora nos pasan factura, y con intereses. Habla la voz corporativa de siempre: hablar de emociones no es escalable, no es medible, no hay tiempo para eso cuando hay resultados que entregar.

La inteligencia emocional también factura
Los números dicen lo contrario. Un estudio del Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations tomó como ejemplo una empresa de consumo de 263 mil empleados y encontró que los líderes con alta inteligencia emocional tuvieron 87% menos rotación en sus equipos y 10% más productividad. Gallup encontró que los empleados con managers emocionalmente inteligentes tienen cuatro veces menos probabilidad de renunciar. Hay quienes le sacan tiempo y espacio a las emociones y facturan.
No es drama, es autoconsciencia
Nunca se trató de darle al líder la responsabilidad de gestionar las emociones de todos. Se trata de que cada uno, incluidos los líderes, trabaje en las propias. Que cuando da o recibe feedback, cuando no se dio la promoción, cuando se abrumó con las tareas o cuando se siente amenazado, pueda darse cuenta, nombrar lo que siente y decidir conscientemente cómo responder. La cultura de una organización no la define el manual de valores. La definen esas micro acciones del día a día que reconocen las emociones, las normalizan y las gestionan, en lugar de suprimirlas.
Tampoco se trata de explotar en emociones y traer el drama de la oficina a todas partes. Se trata de crear una cultura de la autoconsciencia en la que cada uno conozca su personalidad, sus valores y sus fortalezas. El perfeccionismo, el miedo a fallar, el síndrome del impostor y la falta de propósito: todos están asociados a la consciencia de nosotros mismos y nuestras emociones. La tarea que no podemos procrastinar más.
Y entonces llega la IA
Y entonces llega la IA. Según el FMI, el 60% de los empleos en economías avanzadas podrían ser impactados por la inteligencia artificial en los próximos años. Los trabajos más vulnerables son los que se basan en tareas repetitivas y predecibles. Los más seguros son los que requieren algo que el algoritmo no puede replicar: la presencia física, la capacidad de leer una sala, de tener una conversación difícil, de sostener la incomodidad en momentos de incertidumbre. En otras palabras, nuestra humanidad. Y eso incluye nuestras emociones.
La ironía es enorme. Durante años, creímos que las emociones no entraban a la oficina, pero siempre entraron, somos humanos y las llevamos a todas partes. Ignorarlas, en cambio, se convirtió en un óxido que corroe silenciosamente y que ahora nos cobra atención. Se nos volvió urgente ser humanos en el trabajo.