No fue un concierto tradicional. Tampoco un simple regreso. Kanye West volvió a México después de casi dos décadas y lo hizo a su manera: sin concesiones, sin fórmulas fáciles y con una narrativa que se movió entre lo espiritual, lo caótico y lo profundamente personal. Su presentación en la Plaza de Toros La México se convirtió rápidamente en uno de los eventos musicales más comentados del año.
Las noches del 30 y 31 de enero no se trataron de hits encadenados ni de un espectáculo diseñado para la comodidad del público. Fueron más bien un performance extendido, donde la música, el silencio y la puesta en escena jugaron con la paciencia —y la devoción— de los asistentes, reafirmando el carácter impredecible del artista.
Desde el arranque, el mensaje fue claro: esto no era nostalgia. Con una estética minimalista, luces duras y un escenario casi desnudo, Ye apostó por la atmósfera antes que el exceso. A lo largo del show aparecieron fragmentos y versiones reinterpretadas de canciones clave de su carrera como “Power”, “Stronger”, “Black Skinhead” y “Runaway”, integradas más como parte de un relato que como simples momentos coreables.
El setlist no siguió un orden convencional. Temas como “Jesus Walks”, “All of the Lights” y “Flashing Lights” surgieron entre pausas prolongadas, capas sonoras densas y transiciones que transformaron canciones reconocibles en piezas casi abstractas. Para algunos, fue una experiencia inmersiva; para otros, un ejercicio de resistencia.
Uno de los instantes más comentados llegó cuando North West subió al escenario, rompiendo el ritmo del concierto y recordando que, para Kanye, la familia y la creación artística ya no están separadas. El momento dividió opiniones, pero reforzó la idea central del espectáculo: lo personal es parte del arte, incluso cuando incomoda.
Como suele suceder con Kanye, las reacciones fueron extremas. Hubo quienes celebraron la propuesta artística y la carga conceptual del show, y otros que cuestionaron los retrasos, la duración y la ausencia de un formato más tradicional. Pero ahí está el punto: Ye no vino a cumplir expectativas, vino a imponer su visión.
Más allá del setlist y la polémica, el regreso de Kanye West a México dejó claro que sigue siendo una figura imposible de ignorar dentro de la industria musical global. En una era dominada por conciertos calculados y experiencias “seguras”, su paso por la CDMX fue un recordatorio de que el espectáculo en vivo aún puede ser incómodo, provocador y profundamente personal.
No fue un concierto para todos. Fue un evento para quien estaba dispuesto a entrar en el universo de Kanye sin garantías. Y eso, en 2026, sigue siendo un statement poderoso.
