Se cumplen 52 años del movimiento social en el que estudiantes de la UNAM y el IPN, profesores, obreros y profesionistas fueron reprimidos por el Gobierno de la Ciudad de México con una matanza en Tlatelolco.

El conflicto inició el 22 de julio en una riña entre estudiantes de la Vocacional 2 y la preparatoria Isaac Ochoterena en la Ciudadela. Lo que dio comienzo a la gran rivalidad entre IPN y la UNAM.

La ciudad comenzaba a llenarse de personas y periodistas de todo el mundo porque faltaban pocos meses para que se llevaran a cabo los Juegos Olímpicos que darían inicio el 12 de octubre y el gobierno mexicano al mando de Gustavo Díaz Ordaz, estaba evitando a toda costa que saliera a la luz este enfrentamiento que había de estudiantes.

Para esas fechas, hubo una manifestación conmemorando la Revolución Cubana y además, protestaban por la intervención agresiva de la policía ante la pelea de los estudiantes y obviamente esta marcha también fue reprimida por los policías.

Después de eso, los estudiantes tomaron posesión de las preparatorias 1, 2 y 3 de la UNAM como parte de la protesta ante tanta agresividad por parte de la autoridad y aún así, miembros del ejército nacional rodearon dichas escuelas con una agresividad extrema, a tal grado de que hubo muchas muertes y desapariciones que hasta el día de hoy, son un misterio.

Después de estos acontecimientos, hubo cada vez más protestas de parte de los estudiantes, padres de familia y profesores para que terminaran con esta guerra que iniciaron los miembros del ejército, pero, sin llegar a nada bueno.

Llegaron a reprimir las manifestaciones corriendo a los estudiantes golpeándolos con la culata de sus armas, a tal grado que la represión se volvió cotidianidad por parte de las autoridades.

Para el 23 de septiembre, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, estaba empeñado en detener las protestas y semanas antes de la masacre, ordenó al ejército ocupar el campus de la UNAM.

El ejército detuvo y golpeó indiscriminadamente a muchos estudiantes y como señal de protesta el rector Javier Barros Sierra renunció, sin que le fuera aceptada su renuncia ya que la Junta de Gobierno le pidió expresamente que permaneciera al frente de la Universidad Nacional Autónoma de México.

A pesar de tantas desapariciones, golpizas, discriminación y abuso de autoridad, los estudiantes no bajaron los brazos para luchar por una libertad de expresión y cero abuso.

Fue la tarde del 2 de octubre, un día después de la salida del ejército de los campus de la UNAM y del IPN, miles de personas estudiantes y trabajadores, muchos de ellos con sus esposas e hijos, se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

En esta manifestación se infiltro el Batallón Olimpia que iban vestidos de civiles con un guante blanco en la mano izquierda, quienes se dirigieron al edificio “Chihuahua” donde se encontraban los oradores del movimiento y varios periodistas, pero cuando los lideres del movimiento estudiantil comunicaban a los asistentes a dispersarse pacíficamente y sin caer en provocaciones, los hombres de guante blanco, hicieron que los oradores se tiraran al suelo, aproximadamente eran las 6:20 p.m.

Cuando unos helicópteros vigilaban a la multitud desde el aire, es entonces cuando aparecieron unas luces de bengala como señal para que los francotiradores del Batallón Olimpia apostados en el edificio “Chihuahua” abrieran fuego en contra de los manifestantes y militares que resguardaban el lugar, y en ese preciso momento empezó la balacera, esto último fue una estrategia de este grupo paramilitar creado por el gobierno mexicano para infiltrarse y detener a los manifestantes y hacer creer que los estudiantes eran los agresores.

 Los militares en su intento de defenderse, repelieron “la agresión de los estudiantes”, pero ante la confusión, los disparos no fueron dirigidos contra sus agresores, sino hacia la multitud de manifestantes que se encontraban en la plaza de Tlatelolco, en breve una masa de cuerpos cubría toda la superficie de la plaza.

Muchos estudiantes corrieron a resguardarse del tiroteo en departamentos de Tlatelolco, sin embargo, fue inútil esta medida porque la autoridad irrumpió en las casas para matar a todo aquel que se escondiera y la masacre continuó durante la noche y varios testigos del enfrentamiento detallaron que los cadáveres fueron transportados en camiones de basura.

Después de 10 días se daba la inauguración de los Juegos Olímpicos como si no hubiera ocurrido una de las tardes más sangrientas en la historia de nuestro país.