La Reina Rebelde

Era un 2 de abril de 1953 y un hombre arrodillado frente a su mujer le prometía lealtad eterna. Ella era Isabel, de 26 años, casada, madre de dos hijos por entonces, recibiendo sobre su cabeza una corona que la elevaba como soberana del imperio británico. Él era su marido, Felipe, un hom- bre que recibió por añadidura el título de duque de Edimburgo y que llevaba sobre su espalda la fama de ser un mujeriego y dueño de una personalidad que rayaba en la impertinencia.

Como si fuera poco, todo eso sucedía ante ocho mil invitados a la entronización y, además, ante otros tantos miles que vieron por televisión esta solemne ceremonia trasmitida por la BBC, en la que finalmente “Lilibeth” se transformaba en Isabel II y adquiría uno de los mayores liderazgos en el mundo. Parecía estar segura del paso que estaba dando, a pesar de que llegó a él por cosas del destino; por un tío, Eduardo VIII, que decidió optar por el amor y la pasión que sentía por Wallis Simpson, antes que por el reino; por no haber tenido primos que recibieran la corona; porque su padre, sin quererlo también, se convirtió en rey.

En fin, por una serie de acontecimientos a los que tuvo que acostumbrarse.

Lo que no muchos sabían es que su transformación de noble a reina implicó para ella enormes sacrificios a nivel personal y,
sobre todo, sentimental y familiar.
Felipe tuvo dificultades para adaptarse a hechos que venían de la mano de la coronación, como el que sus hijos perdieran su
apellido para adoptar el Windsor, que su relación con su mujer cambiara para siempre, y aceptar incondicionalmente que en público estaría siempre un paso detrás de ella.

En los años 50, el patriarcado era absoluto en Inglaterra y esta promesa de lealtad fue interpretada en esa época como la sumisión de un hombre ante su mujer, algo impensado en aquella época, sobre todo para la familia de Felipe, que esperaba, sin haberlo dudado jamás, que sería él el verdadero monarca.

 

Imagen de Anonymous